info@carinavp.com

Los límites en las relaciones: No es lo que le pones al otro, es lo que te respetas a ti misma

Hemos hablado estas semanas de dos cosas que duelen pero que son necesarias. Primero, que la pareja es un espejo que nos devuelve nuestras sombras. Luego, que hay una lista de imprescindibles que no nos enseñaron a hacer antes de enamorarnos. Y ahora toca hablar de algo que surge de ahí: los límites.

Porque cuando empiezas a ver lo que antes no veías, cuando te atreves a mirar el espejo sin romperlo y reconoces qué es lo que realmente no estás dispuesta a tolerar, surge una pregunta inevitable: ¿y ahora qué hago? ¿Cómo pongo límites?

Y aquí viene la primera gran confusión, la que nos tiene atrapadas a tantas.

Siempre nos han enseñado que los límites son algo que se le pone al otro. «Tienes que decirle lo que no te gusta», «tienes que marcar tu territorio», «tienes que poner distancia si no te respeta». Y claro, lo intentamos. Le decimos «no me contestes con monosílabos», «no me corrijas delante de los demás», «no desaparezcas cuando te necesito». Y, sin embargo, muchas veces nada cambia. O cambia unos días y luego vuelve. Y nosotras nos quedamos con la sensación de que no sabemos poner límites, de que somos débiles, de que no nos saben respetar.

Pero la verdad es otra. La verdad incómoda es esta: los límites no están fuera, están dentro.

Un límite no es una frase que le dices al otro. Un límite es lo que tú decides hacer con tu vida, tu tiempo y tu energía cuando el otro cruza una línea que tú ya has decidido que no vas a tolerar. Es interno. Es tuyo. No depende de que él lo entienda, ni de que él lo cumpla, ni de que él esté de acuerdo.

Cuando tenemos claro lo que queremos, cuando sabemos qué cosas son imprescindibles para nosotras y cuáles no estamos dispuestas a aceptar de ninguna forma, cuando nos conocemos y nos respetamos… esos son los verdaderos límites. No necesitas anunciarlos con un megáfono. Simplemente actúas desde ellos.

Y aquí viene la parte que más duele, la que hemos hecho todas en algún momento.

Por desgracia, en muchas ocasiones nos saltamos nuestros propios límites. Creemos que es «por amor». Pensamos que si cedemos, si aguantamos, si damos una oportunidad más, si ignoramos esa bandera roja que ya vimos hace tiempo, estamos demostrando lo mucho que queremos. Pero si rascamos un poco, si miramos con honestidad, lo que encontramos no es amor.

Suele ser miedo. Miedo a quedarnos solas.

Nos conformamos con migajas porque la migaja nos da algo que parece que necesitamos para sobrevivir: atención, compañía, la ilusión de que alguien nos elige. Y nos repetimos que es amor, pero en el fondo sabemos que es puro miedo a enfrentarnos a nosotras mismas, a esa soledad que en algún momento de nuestra vida nos enseñó que era peligrosa.

Y así vamos saltándonos límite tras límite. Aceptamos que no nos escuchen porque al menos están ahí. Aceptamos que nos hagan sentir como si estuviéramos locas porque al menos así no tenemos que discutir. Aceptamos migajas porque creemos que es todo lo que merecemos.

Pero no es así.

La única forma de sostener los límites, la única forma de no saltártelos una y otra vez, es una sola: respetarte y amarte lo suficiente.

Cuando te amas de verdad, cuando has hecho el trabajo de mirar esa herida que te hacía conformarte con tan poco, entonces los límites no son un castigo para el otro ni una guerra que librar. Son simplemente tu forma de habitar el mundo. Son la expresión de que tú ya no estás dispuesta a traicionarte para que alguien se quede.

Y lo bonito, lo que nadie te cuenta, es que cuando tú te respetas, el otro solo puede hacer dos cosas: o se alinea con ese respeto, o se aleja. Y las dos están bien. Porque si se aleja, lo que se va es lo que nunca debió estar.

De eso tratan mis libros y mis talleres. De conocerte, de amarte y de respetarte. No para que te conviertas en una mujer dura o inaccesible, sino para que sepas exactamente quién eres, qué quieres y qué no estás dispuesta a negociar. Cuando eso está claro dentro, los límites no tienes que «ponerlos». Los límites eres tú.

Porque tus límites no tienen que ser los establecidos por otros. No tienen que parecerse a los de tu madre, ni a los de tu mejor amiga, ni a lo que «se supone» que deberías aguantar. Tus límites son tuyos. Nacen de tu historia, de tu sanación, de tu verdad. Y solo tú sabes dónde están.

Así que hoy te invito a preguntarte: ¿dónde me estoy saltando mis propios límites? ¿En qué parte de mi vida estoy aceptando migajas porque me da miedo lo que pueda pasar si pido el plato entero?

Mírate con ternura. Porque si te estás saltando tus límites, no es que seas débil. Es que en algún momento aprendiste que el amor se ganaba así, aguantando, cediendo, encogiendo. Pero ahora eres una adulta. Y puedes elegir distinto.

¿Dónde vas a empezar a respetarte hoy?

Primer capítulo gratis "Lo que queda"

Sumérgete en el viaje emocional y de transformación de tres amigas, y siente cómo sus historias pueden acompañarte y resonar contigo.

Próximamente: «Lo que queda«, la novela completa, en Amazon.