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¿Cómo se consigue la felicidad? (Y por qué no es un cuento de Disney)

Mis emociones, ¿aliadas o enemigas en este camino?

Seguro que has soñado con ella. Yo también. A menudo, en nuestra mente, construimos una fantasía de lo que es la felicidad. La imaginamos como una película de Disney: un estado continuo y maravilloso, donde todo es luz, música y finales felices que duran para siempre. «Y fueron felices y comieron perdices», ¿verdad?

Pero, ¿qué pasaría si esa felicidad constante, ese subidón permanente, fuera real? Lo más probable es que, al ser el estado por defecto, dejaríamos de sentirla. Se volvería invisible. Es como la salud: solo somos conscientes de ella cuando la perdemos. Cuando una enfermedad, un dolor o una molestia nos hace recordar lo bien que se estaba cuando no nos dolía nada. Tomamos conciencia del bienestar solo cuando aparece su opuesto.

De la misma manera, a menudo nos damos cuenta de lo infelices que éramos (o de lo mucho que valorábamos una etapa de felicidad) cuando esta se rompe: cuando termina una relación que dábamos por sentada, cuando perdemos ese trabajo que nos llenaba, cuando un conflicto familiar nos desgarra o la enfermedad de un ser querido nos sacude.

Esto nos revela una verdad fundamental: vivimos en un mundo dualista. No podemos experimentar la luz sin haber conocido la sombra. Necesitamos del frío para apreciar el calor, de la tristeza para valorar la alegría. La vida es un continuo baile entre opuestos, y es precisamente ese contraste el que nos permite darnos cuenta de que estamos vivos y sintiendo.

Si la felicidad no es un estado perpetuo, ¿qué es?

Te propongo un cambio de mirada. ¿Y si la felicidad no fuera una gran montaña rusa de emociones, sino pequeños destellos, momentos sutiles que a menudo pasamos por alto?

  • A veces, se reviste de una súbita alegría: un regalo inesperado, la celebración de una boda, una fiesta de cumpleaños con los seres queridos, la inmensa satisfacción de haber aprobado un examen difícil.
  • Otras veces, se viste de una profunda paz interior. Es esa sensación de «todo está bien», donde no hay grandes preocupaciones acuciantes, solo una calma que lo impregna todo. Y es aquí, en este estado de paz, donde tenemos un gran margen de maniobra.

Porque, seamos realistas, no podemos controlar el mundo exterior. No podemos cambiar a los demás, no podemos hacer que desaparezcan las guerras, no podemos evitar que la gente se enfade o que, a veces, las personas actúen de manera dañina pensando que es por su bien. El exterior es un torbellino que escapa a nuestro control.

Entonces, ¿dónde está nuestro poder? En nuestro interior.

El enemigo no está fuera: la herida que nos secuestra

¿Alguna vez has sentido un dolor desproporcionado ante una situación? Algo que «objetivamente» no era tan grave, pero a ti te hundió por completo. Es como si una pequeña piedra en el camino hubiera hecho explosión.

Eso ocurre cuando hay una herida emocional previa. Una herida antigua que duele, y cuando algo externo la roza, no solo sentimos el roce, sino todo el dolor de la herida abierta. Engrandecemos lo que vemos, nos quedamos enganchados en ese sufrimiento durante meses o incluso años. Y lo peor es que este patrón se repite una y otra vez, normalmente con más fuerza, si no hacemos algo para cambiarlo.

Como dice la famosa frase, atribuida a Viktor Frankl: «Cuando ya no somos capaces de cambiar una situación, nos encontramos ante el desafío de cambiarnos a nosotros mismos». O como también se dice: «Lo que no se puede cambiar, no se puede cambiar, pero la relación con ello, sí».

Ahí reside la clave. No se trata de que no llueva, se trata de aprender a bailar bajo la lluvia sin que nos empape una vieja herida. Se trata de observar esa emoción desmedida (ira, tristeza, miedo) y preguntarnos: ¿qué hay detrás? ¿Qué vieja historia me está contando mi mente?

Porque las grandes subidas de alegría suelen ir seguidas de grandes bajadas. Por eso, más que perseguir la euforia, es mucho más sabio y sostenible aprender a equilibrar nuestras emociones. Y el equilibrio no significa no sentirlas, sino todo lo contrario: significa vivirlas, escucharlas y conocerlas. Permitir que las emociones sean el mensajero que nos guíe hasta la creencia mental que está sustentando ese dolor. Son como un faro que ilumina las grietas de nuestra mente.

Un camino hacia tu paz mental

Este viaje de autoconocimiento es el que te llevará a una felicidad más auténtica, que se parece más a una paz mental y emocional duradera que a un fuego artificial efímero. Es aprender a habitar ese espacio de calma incluso cuando el mundo exterior no es perfecto.

Precisamente de esto tratan mis libros, las herramientas que he ido recopilando para navegar por este mundo interior.

  • En «Líbrate de las 7 trampas mentales», te invito a hacer justo eso: a identificar esas creencias limitantes, esos patrones de pensamiento que actúan como una trampa y nos arrastran al mismo dolor una y otra vez. Es un manual para encontrar el origen de la herida. Aquí lo tienes: https://www.amazon.es/dp/B0F3Y5B3QX
  • Y en «Lo que queda», a través de la historia de tres amigas, podrás verte reflejada en cómo esas heridas suelen manifestarse en los ámbitos más comunes de nuestra vida: las relaciones de pareja, la familia y el trabajo. Porque vernos en el espejo de los demás es una forma poderosa de comprendernos a nosotros mismos. Aquí lo tienes: https://www.amazon.es/dp/B0GNTT7Z4Y

Al final, la felicidad no es un destino de cuento, sino la habilidad de apreciar los pequeños momentos de paz y alegría, y de sanar, poco a poco, las heridas que nos impiden disfrutarlos.

Primer capítulo gratis "Lo que queda"

Sumérgete en el viaje emocional y de transformación de tres amigas, y siente cómo sus historias pueden acompañarte y resonar contigo.

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