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Tu mente te miente (Relato extendido)

El día que entendí que mi mente me mentía


Esa mañana, Elena se despertó con un nudo en el estómago. No había nada concreto que lo justificara: su vida estaba bien, su trabajo era estable, su relación… bueno, su relación era otro tema, pero esa mañana no había discutido con nadie.

Sin embargo, el miedo estaba ahí. Como una niebla densa que lo envolvía todo.

Mientras se preparaba el café, su mente empezó a disparar: «¿Y si hoy me despiden? ¿Y si mi pareja ya no me quiere? ¿Y si fracaso en lo que estoy intentando?»

Elena llevaba años huyendo de ese miedo. Lo ahogaba con trabajo, con series, con planes infinitos que la mantenían distraída. Pero ese día, algo cambió. Cansada de correr, se sentó en el sofá, con la taza de café en las manos, y decidió hacer lo que nunca había hecho: sentarse con él.

—¿Qué quieres de mí? —le preguntó al miedo en voz baja.

Y entonces, como si su mente hubiera estado esperando esa pregunta, la respuesta llegó clara:

«Quiero protegerte.»

Elena frunció el ceño. ¿Protegerla? ¿De qué?

«Del fracaso. Del rechazo. De que te digan que no vales lo suficiente. Yo solo intento que no te expongas a eso.»

Y en ese momento, Elena entendió algo que cambiaría su vida: el miedo no venía a destruirla. Venía a protegerla de un peligro que quizás ya no existía.

El miedo a ser despedida venía de cuando su padre perdió su trabajo y todo se desmoronó. Pero ella no era su padre. El miedo al rechazo venía de un novio de la adolescencia que la dejó sin explicación. Pero esa historia ya había terminado hacía años.

Su cerebro, en su intento de protegerla, seguía usando un mapa antiguo para navegar un territorio nuevo.

Elena respiró hondo y dijo en voz alta:

—Gracias por intentar protegerme. Pero ya no necesito que lo hagas. Ese peligro ya no existe.

El nudo en su estómago empezó a aflojarse. No desapareció del todo, pero ya no era una niebla densa. Era solo una brisa ligera.

Esa mañana, Elena salió de casa y no huyó. Caminó despacio, sintiendo el suelo bajo sus pies, y supo que el miedo no se va para siempre. Pero aprendió algo fundamental: no hay que huir de él. Hay que sentarse, preguntarle qué está tratando de proteger, y decidir si esa protección sigue siendo necesaria.

Hoy, el miedo ya no la paraliza. Es su compañero de viaje, no su carcelero.

¿Qué miedo te está frenando a ti? Dímelo en los comentarios.

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