MI HISTORIA

Cómo Aprendí a Dejar de Huir de mis Emociones

Lo que Encontré al Pararme

Siempre fui una niña profundamente sensible. Todo me afectaba. El amor y la aceptación de los demás eran mi mayor necesidad, y cuando me sentía excluida, el dolor era tan grande que solo quería esconderme.

Pero en mi casa, las emociones no eran bienvenidas. Eran peligrosas, dolorosas, algo de lo que no se hablaba. Aprendí que para estar a salvo, lo mejor era no sentirlas. En su lugar, me enseñaron (y aplaudieron) que debía ser fuerte, dura, poderosa, eficiente y fría. Y así lo hice. Me construí una armadura.

Llegó un momento en que, herida una y otra vez, dimití. Llegué a la conclusión devastadora de que para mí no había amor. Pensé que había algo irremediablemente erróneo en mí. Ahora sé que estaba equivocada. Mis padres, como yo, venían vacíos. Su protección fue cerrarse, y la mía fue copiarles.

Decidí que si no podía recibir amor por ser yo, tendría que ganármelo. Me volví sumisa, sacrificada, siempre pendiente del exterior: «¿Qué necesita el otro de mí?». Creí que si me necesitaban, no me abandonarían. Sin darme cuenta, estaba firmando una sentencia: yo no merecía amor por derecho propio.

Negarte a ti misma es la herida más profunda. Me vacié. Me desconecté por completo de lo que sentía porque el miedo al dolor era insoportable. El mundo se convirtió en un lugar del que debía protegerme. Tejí relaciones superficiales para que el daño, si llegaba, no fuera tan devastador como el original.

Incluso la espiritualidad y la metafísica se convirtieron en una herramienta más de huida. Era más fácil mirar hacia conceptos elevados que mirar hacia el agujero del Cañón del Colorado que tenía dentro: las heridas de abandono, de rechazo, de humillación, de insuficiencia. Poner una piedra bonita sobre él no lo cerraba; solo lo tapaba temporalmente.

El giro llegó cuando entendí que la única salida era entrar.

Hace años tomé la valiente (y aterradora) decisión de dejar de huir. De empezar a mirar a los ojos a esas emociones que tanto me asustaban. Y ha sido el trabajo más difícil y, a la vez, más liberador de mi vida.

Gracias a ese trabajo, hoy puedo decir que:

  • Afronto las emociones sin miedo. Ya no busco una piedra para taparlas. Van llegando, una a una, y las recibo, las abrazo y las vivo. Sé que necesito tiempo con cada una, porque he abierto deliberadamente la puerta a sentirlas.
  • Me voy conociendo poco a poco. Este autodescubrimiento me hace vivir con una intensidad que antes no creía posible. Los miedos ya no me impiden apartarme de la vida, sino que me señalan dónde debo prestar atención.
  • Me abro a lo nuevo. A nuevas experiencias, a nuevos lugares y, lo más importante, a contactar desde un lugar nuevo con personas con las que antes solo sentía dolor. Me he dado cuenta de que mi huida también hizo sufrir a otros, y he aprendido a perdonarme porque, simplemente, no sabía hacerlo de otra manera. Al igual que los demás tampoco supieron.
  • Me acepto, y por ende, acepto a los demás. Con todos sus miedos, sus bloqueos y sus propias armaduras. He dejado de tener prisa por aprenderlo todo deprisa. He comprendido que la VIDA es más inteligente que yo y me va trayendo justo los aprendizajes que necesito (y, lo reconozco, a veces no me gustan nada de entrada, ¡ja ja!).

Este aprendizaje vivencial es el más importante que comparto. El conocimiento intelectual me ayudó a entender el mapa, pero vivir las emociones ha sido recorrer el territorio. No hay sustituto para eso. Es el viaje de quitarte la armadura, pieza a pieza, para descubrir que la verdadera fuerza no estaba en el blindaje, sino en la vulnerabilidad consciente y valiente.

Esa niña asustada que buscaba desesperadamente un salvador sigue aquí, pero ya no lleva el mando. Ahora la acompaña una adulta que la protege, que le da seguridad y que le permite soñar en voz alta. Juntas, estamos aprendiendo a abrir el corazón, sin garantías, pero con la certeza de que cualquier dolor que encontremos será nuestro, real, y podremos transitarlo. Porque ya no estamos solas. Porque por fin, nos tenemos a nosotras.

¿Te sientes identificada con esta lucha? Si estás harta de huir y quieres empezar a pararte, el viaje es más fácil acompañada. Hablamos.

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Pero el karma no es culpa. No es castigo.

Karma es causalidad. Es responsabilidad.

Es la libertad de entender que cada acto nos moldea, no para pagar una deuda, sino para construir una vida en coherencia con quien somos realmente.

Dejemos de vivir con miedo a un castigo y empecemos a actuar desde nuestra ética interna. La espiritualidad no es una prisión de culpa, sino la llave para ser dueños de nuestra propia vida.

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