La Última Moneda

El aroma a incienso sándalo lo envolvía todo. Marta observaba cómo la columnita de humo serpenteaba hacia el techo de la tienda. Se había gastado sus últimos cincuenta euros en una sesión con una vidente. Lo necesitaba. Su vida era un cúmulo de desdichas: el despido, la ruptura, la nevera vacía.

—Tienes un karma muy pesado, cariño —dijo la mujer, con voz meliflua, mientras le agarraba la mano—. Alguien, en otra vida, te hizo mucho daño. O tal vez fuiste tú la que falló. Ese peso lo arrastras ahora.

Marta asintió, con un nudo en la garganta. Era lo que siempre había sospechado. Pagaba por algo. Por ser mala persona, por no haber hecho lo suficiente, por existencias pasadas que no recordaba. Se fue de allí con una piedra de cuarzo “limpiakarma” y el corazón aún más apretado.

Camino de casa, se sentó en un banco de la plaza, exhausta. Un hombre mayor, con un jersey desgastado pero una sonrisa tranquila, le señaló el asiento libre.

—¿Le importa?

—No, siéntese.

El hombre se acomodó y sacó un trozo de pan duro. Empezó a desmigajarlo para las palomas. Marta, sin querer, rompió a llorar.

—Perdone —dijo, secándose las lágrimas con torpeza.

—No pida perdón por llorar. El agua salada limpia las heridas por dentro también —dijo el hombre, sin mirarla, concentrado en las palomas.

—Es que… todo me sale mal. La vidente dice que es mi karma.

El anciano soltó una risa suave, no burlona, sino cálida.

—Ah, el karma. La palabra favorita de la gente para explicar lo que no entiende. ¿Sabe qué? Mi mujer, la que en paz descanse, se murió de cáncer hace diez años. Una buena mujer. La mejor. La gente bienintencionada me decía: ‘Es el plan de Dios’, o ‘alguna lección habrá en esto’. Tonterías. No era un castigo. No era un plan. Era una enfermedad. Punto.

Marta lo miró, confundida.

—¿Y entonces? ¿No hay justicia? ¿No hay una razón?

—La razón no la pone el universo, la ponemos nosotros —dijo él, volviéndose hacia ella por primera vez. Sus ojos eran claros y serenos—. El ‘karma’, si quieres llamarlo así, no fue su muerte. El ‘karma’ fue lo que yo hice con mi dolor. Podía haberme amargado, haberme echado la culpa por no haber hecho más, o haber culpado al mundo. Eso sí habría sido una cadena. En vez de eso, elegí honrarla siendo un poco más amable cada día. Como con ella. Eso no paga una deuda, Marta. Eso te hace libre.

Al decir su nombre, Marta se sobresaltó. No recordaba habérselo dicho.

—¿Cómo…?

—Trabajé contigo hace años, en la oficina de al lado. Eras una chica joven, siempre con prisa, siempre preocupada por lo que los jefes pensaban de ti. —Le guiñó un ojo—. El verdadero karma no es un castigo. Es darte cuenta de que la brújula la llevas dentro. Y dejar de culparte por haber estado perdida.

El hombre se levantó, dejando las migas para los pájaros.

—La próxima vez, en vez de gastarte el dinero en que te lean el futuro, gástatelo en un café y tómatelo despacio, sin prisa. A ver qué se te ocurre. Las respuestas, créeme, no están en el incienso. Están en el silencio que te permites escuchar.

Y se fue, dejando a Marta en el banco, con la piedra de cuarzo en el bolsillo y la sensación de que, por primera vez en años, alguien le había hablado de libertad, no de culpa.

Este relato está relacionado con la entrada en el blog: Karma, la Culpa y la Libertad Interior:

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