Había una vez una mujer que guardaba nudos. No los hacía ella. Los encontraba en su camino: nudos en el hilo de la cortina, nudos en el cable del teléfono, nudos en las pulseras que le regalaban. En lugar de deshacerlos, los guardaba en una caja. Pronto tuvo una caja llena de nudos. Después, una estantería. Después, una habitación.
Un día, un amigo le preguntó: «¿Por qué guardas algo que no sirve?».
Ella respondió: «Porque si los deshago, desaparecen. Y si desaparecen, no podré recordar por qué se hicieron».
El amigo sonrió con ternura y dijo: «Un nudo no es un recuerdo. Es un aviso de que hubo algo que no supiste soltar en su momento».
Esa noche, la mujer se sentó con la caja más vieja. Cogió un nudo, lo miró con calma y empezó a tirar de una punta. Al principio, el nudo se resistió. Le costó. Tuvo que respirar hondo, parar, volver a intentarlo.
Cuando por fin se deshizo, el hilo quedó liso. Ella lo apoyó sobre la mesa. No pasó nada. No había magia. No había un mensaje oculto. Solo una madeja suave que ya no dolía.
Así pasó la noche, nudo a nudo. Al amanecer, la caja estaba vacía. Y la mujer, por primera vez en años, sintió que podía abrir la ventana sin miedo a que se le colara el aire.
A veces, soltar no es perder un recuerdo. Es devolverle a un nudo su forma original: un hilo suelto que no ata nada.


