Había una casa que guardaba cada objeto que había entrado por su puerta. Platos rotos, cartas sin respuesta, ropa que ya no le quedaba a nadie. La casa estaba llena. Tan llena que no podía abrir las ventanas.
Un día, la casa suspiró y dijo: «Estoy cansada de retener lo que ya no me sirve».
Y poco a poco, fue vaciándose. No tiró nada con rabia. Lo fue dejando salir con agradecimiento.
Cuando quedaron solo las cosas que amaba de verdad, la casa descubrió que podía volver a abrir las ventanas. Y que el espacio vacío no era pérdida. Era libertad.
A veces somos esa casa. Y soltar no es perder. Es respirar.

