Para Clara, la Navidad siempre había sonado a un idioma que ella no terminaba de hablar. Un idioma de resultados de fútbol y precios del mercado. Ella vivía en un mundo de palabras. Aquella Nochebuena, llevaba una noticia que le hormigueaba en las manos: la habían aceptado en un máster en Escocia. Era la materialización de un sueño.
Se imaginó compartiéndolo y que estallaran en felicitaciones. Pero lo que vivió fue un ABANDONO EMOCIONAL EN VIVO.
—Me voy a Escocia a hacer un máster —anunció.
Su madre sonrió con dulzura ausente: «Qué bien, cariño. ¿Quién quiere más turrón?».
El comentario se desplomó sobre el mantel. Su HERIDA POR INCOMPRENSIÓN se abrió de par en par. No era malicia. Era INDIFERENCIA, el arma más silenciosa del DESAMOR FAMILIAR. Su sueño fue reducido a una cuestión de abrigos. Se sintió como una EXTRANJERA EMOCIONAL en su propia familia.
Clara sonrió, asintió y se recluyó en su CAPARAZÓN DE AUTOPROTECCIÓN. Desde su planeta de INVISIBILIDAD, observaba la conversación, preguntándose si habría alguien que entendiera que la AUTO-REALIZACIÓN también podía tener acento de una ciudad lejana, y no solo el sabor del cordero asado. Era la SOLEDAD DEL INCOMPRENDIDO, un fantasma que cenaba con ella cada Navidad.

