El éxito que no me atrevía a mirar
Martín llevaba años diciendo que quería triunfar. Que quería escribir ese libro, montar su propio negocio, vivir de lo que le apasionaba. Pero cada vez que estaba a punto de dar el paso, algo lo frenaba.
Se autosaboteaba.
Lo hacía de formas sutiles: perdía el tiempo con tareas sin importancia, se distraía con cualquier cosa, o simplemente se convencía de que «no era el momento adecuado».
Hasta que una amiga, harta de escuchar sus excusas, le dijo:
—No es el fracaso lo que te aterra, Martín. Es el éxito.
La frase le dio en el centro del pecho como un puñetazo. No era el fracaso. ¿El éxito? ¿Cómo iba a tenerle miedo al éxito?
—¿Qué pasaría si triunfara? —le preguntó su amiga—. ¿Qué cambiaría?
Y entonces, Martín lo vio claro.
Si triunfaba, tendría que cambiar. Tendría que dejar atrás su trabajo seguro, su vida predecible, su identidad de «el que siempre intenta pero nunca logra». Tendría que responsabilizarse de verdad. Y lo peor: dejaría atrás a gente que no había crecido con él.
El éxito implicaba soledad. Implicaba ser diferente. Implicaba dejar de ser el que todos conocían para convertirse en alguien que ni siquiera él mismo conocía todavía.
Y eso aterraba más que cualquier fracaso.
—El fracaso duele, pero es conocido —le explicó su amiga—. El éxito es un territorio desconocido. Y tu cerebro prefiere el dolor conocido a la felicidad incierta. Por eso te saboteas.
Esa noche, Martín se sentó frente al ordenador y escribió la primera página de su libro. No sin miedo. No sin dudas. Pero entendiendo que el verdadero fracaso no era no triunfar. El verdadero fracaso era no intentarlo por miedo a lo que el éxito podría traer.
Tu oponente no es el fracaso. Es la versión de ti que tiene miedo de brillar porque dejarás atrás a otros. ¿Vas a dejar que esa versión gane?


